viernes, junio 16, 2006

Psicología: Cuentos Zen 1

LA TAZA DE TE
  • Nan-in, un maestro japonés de la era Meiji (1868-1912) recibió cierto día la visita de un erudito, profesor en la Universidad, que venía a informarse acerca del Zen. Nan-in sirvió el té. Colmó hasta el borde la taza de su huésped, y entonces, en vez de detenerse, siguió vertiendo té sobre ella con toda naturalidad. El erudito contemplaba absorto la escena, hasta que al fin no pudo contenerse más. “Está ya llena hasta los topes. No siga, por favor”. “Como esta taza,” dijo entonces Nan-in, “estás tú, lleno de tus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo podría enseñarte lo que es el Zen a menos que vacíes primero tu taza?’.’ Cuento zen.

NADA EXISTE

  • Cuando era un joven estudiante de Zen, Yamaoka Tesshu solía ir de un maestro a otro. En cierta ocasión hizo una visita a Dokuon, que vivía en el monasterio de Shokoku. (Uno de los cinco templos de Kyoto en el período Kamakura). Ansioso por demostrar sus conocimientos, Yamaoka declaró: “La mente, el Buda y todos los seres vivientes, al fin y al cabo, no existen. La verdadera naturaleza de los fenómenos es el vacío. No hay realización, no hay ilusión; no hay sabiduría ni ignorancia. No hay nada que dar, nada que pueda ser recibido”. Dokuon, que fumaba tranquilamente, no hizo comentario alguno. De repente, se levantó y golpeó fuertemente a Yamaoka con su pipa de bambú. El joven estudiante montó en cólera. “Si nada existe”, inquirió Dokuon, ” ¿de dónde viene esa furia?”.

DIALOGO CON EL MERCADO

  • Narración breve inspirada en un relato corto de M.Gorki.Estaban ante el mercado dos hombres, dos cualesquiera de tantos llamados a ser víctimas del mismo.¿Qué queréis? – les preguntó el mercado.El primero de ellos contestó con voz afectada:Me rebelo ante la crueldad de tus contradicciones; mi espíritu se esfuerza en vano por penetrar en los mecanismos de tu funcionamiento y mi alma se ve invadida constantemente por las tinieblas de la duda, la incertidumbre y el miedo. ¿Qué reclamas? – interrumpió impasible el mercado.Quiero el éxito, el triunfo, quiero que me llenes de satisfacción y me devuelvas una imagen más digna, triunfadora de mi mismo. Quiero en definitiva que “restaures” la pobre imagen que tengo de mi mismo y me “consagres” como un triunfador. Quiero que me muestres el camino para dominarte. Espera –dijo el mercado con sonrisa burlona- ya has hablado lo bastante y mucho me temo que conozco el resto de tu discurso. ¿Porqué no me ganas?, ¡lucha conmigo!, ¡vénceme y yo seré tu esclavo! No sabes con qué tranquilidad me someto siempre a los triunfadores. Pero es necesario vencer. ¿Te sientes capaz de hacerlo? ¿Serás capaz de bajar hasta tus más íntimas contradicciones y trabajar duro para superarlas? ¿Podrás desarrollar la estructura mental única que separa a los que consiguieron dominarme del resto? ¿Confías en tu fuerza?El primer hombre contestó: Lo has hecho de nuevo, me has arrastrado otra vez a mis más atroces dudas, a mi miedo y mi inseguridad. Eres un canalla irredomable. Ahora pienso que te gusta hacerme sufrir. Te gusta llevarme al lugar en el que siento que no valgo nada y estoy a tu merced.El mercado, con propósito de terminar su audiencia con el primero de los hombres le instó: Dime, al dirigirte a mí, ¿exiges o pides una gracia?.-Pido una gracia, contestó el hombre.-Imploras como un mendigo de solemnidad; pero has de saber, que el mercado no da limosnas. Has de saber que un hombre libre no pide nada, se apodera por sí mismo de mis dones… tú no eres más que un esclavo de mi voluntad. Sólo es libre aquel que sabe renunciar a todos sus deseos para dedicarse enteramente a conseguir el fin perseguido. ¿Has comprendido?. ¡Márchate!El hombre había comprendido y se tendió como un perro dócil a los pies del mercado, para recoger humildemente las migajas de su festín.Las miradas del mercado se centraron entonces en el segundo interlocutor que no había hablado aún.¿Qué pides tú? - No pido nada, ¡exijo! He trabajado durante mucho tiempo en la dirección en la que muchos jamás lo hacen. Conozco íntimamente cada uno de mis resortes. He domado mis pasiones, mi miedo, mi codicia, mis dudas. Me he disciplinado en cada uno de los gestos de mi vida. He profundizado en mil doctrinas ancestrales cuyos caminos me mostraron la senda que va al centro de mi ser. Al lugar en el que nacen todas las emociones. Conozco cada uno de mis defectos y sé manejarlos. Levanté cada uno de los velos que cubrían mi autentico rostro y no quedó ni una sola piedra en el camino que ocultara mis debilidades. Sé quien soy.El mercado impresionado sólo dijo. ¡Toma lo que es tuyo!

La fuerza del Destino

  • Durante una batalla, un general japonés decidió atacar aún cuando su ejército era muy inferior en número. Estaba confiado que ganaría, pero sus hombres estaban llenos de duda. Camino a la batalla, se detuvieron en una capilla. Después de rezar con sus hombres, el general sacó una moneda y dijo:“Ahora tiraré esta moneda. Si es cara, ganaremos. Si es cruz, perderemos. El destino se revelará”. Tiró la moneda en el aire y todos miraron atentos como aterrizaba. Era cara. Los soldados estaban tan contentos y confiados que atacaron vigorosamente al enemigo y consiguieron la victoria. Después de la batalla, un teniente le dijo al general:“Nadie puede cambiar el destino”. “Es verdad”, -contestó el general mientras mostraba la moneda al teniente, que tenía cara en ambos lados”-. Cuento Zen.

Material obtenido de www.psicobolsa.com del Lic. Guillermo Robledo

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